Alemania: el jardín y la selva, el chovinismo y la guerra

Carmen Parejo Rendón

Uno de los problemas que atraviesa la Europa contemporánea procede de su posición en el mundo y de una serie de crisis superpuestas que agudizan contradicciones históricas. El caso de Alemania merece especial atención porque ha constituido, junto con Francia, uno de los principales centros de poder de la Unión Europea (UE), al tiempo que permanece integrada en un bloque atlántico dirigido por EE.UU. desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

A comienzos del siglo XX, Alemania era ya una gran potencia industrial con intereses imperiales propios. Su incorporación tardía al reparto colonial y la derrota en la Primera Guerra Mundial limitaron temporalmente sus posibilidades de expansión. La crisis de la República de Weimar, el agravio nacional posterior a la guerra y la derrota de la revolución alemana de 1918-1919 formaron parte del terreno histórico sobre el que crecería el nazismo.

El nacionalismo nazi articuló derrota, anticomunismo y búsqueda de enemigos internos con un proyecto imperial dirigido fundamentalmente hacia Europa oriental. El Lebensraum convertía el este europeo en espacio de conquista, explotación y exterminio. La derrota de 1945 acabó con aquella forma de expansión, pero no con las bases industriales del poder alemán. Durante la Guerra Fría, la República Federal fue reconstruida dentro del bloque occidental encabezado por Estados Unidos, mientras la integración europea ofrecía a sus capitales un mercado ampliado y una posición central en el eje franco-alemán.

El nacionalismo nazi articuló derrota, anticomunismo y búsqueda de enemigos internos con un proyecto imperial dirigido fundamentalmente hacia Europa oriental. El Lebensraum convertía el este europeo en espacio de conquista, explotación y exterminio.

El final de la Guerra Fría modificó profundamente las condiciones. La reunificación alemana coincidió con la incorporación progresiva de Europa central y oriental a las estructuras económicas occidentales. Polonia, República Checa, Hungría o Eslovaquia quedaron integradas en cadenas productivas organizadas alrededor de la industria alemana, favorecidas por la proximidad geográfica, las infraestructuras existentes y unos costes laborales inferiores.

Las formas históricas eran completamente distintas de las del pasado. Ya no se trataba de ocupación territorial, sino de inversión, mercado común, deslocalización industrial y cadenas transnacionales de valor. Pero Europa central y oriental volvía a ocupar una posición privilegiada para la expansión del capital alemán, ahora dentro de una relación económica profundamente asimétrica en el interior de la propia Unión Europea.

Rusia desempeñaba un papel diferente y complementario. Proporcionaba energía relativamente barata, materias primas y un gran mercado para la industria alemana. Todavía en 2021, después de siete años de sanciones, el comercio bilateral rondaba los 60.000 millones de euros y el petróleo y el gas representaban alrededor del 59 % de las importaciones alemanas procedentes de Rusia. Alemania podía así combinar la integración productiva del este europeo con unas relaciones económicas estrechas con Moscú. Nord Stream era una de las expresiones materiales de ese equilibrio.

Es desde ahí desde donde debe entenderse el interés alemán en Ucrania. Su aproximación a la Unión Europea no fue simplemente una imposición estadounidense seguida dócilmente por Berlín. Alemania tenía intereses propios en la ampliación hacia el este del espacio económico y político europeo.

Reducir esta actuación a un simple seguidismo de Washington elimina una parte fundamental del problema. Alemania actuaba dentro de una estructura internacional jerárquica, pero lo hacía también de acuerdo con intereses específicos de sus propios capitales.

El Acuerdo de Asociación de 2013 ofrecía la posibilidad de aproximar progresivamente Ucrania al mercado y a las normas comunitarias. Cuando Víktor Yanukóvich suspendió su firma, Alemania participó activamente en la crisis: Angela Merkel había defendido públicamente el acuerdo y el ministro de Exteriores, Guido Westerwelle, acudió al Maidán, se reunió con dirigentes opositores y respaldó la orientación europea de Ucrania.

Reducir esta actuación a un simple 'seguidismo' de Washington elimina una parte fundamental del problema. Alemania actuaba dentro de una estructura internacional jerárquica, pero lo hacía también de acuerdo con intereses específicos de sus propios capitales. La incorporación económica y política de Ucrania al espacio europeo prolongaba hacia el este un proceso del que Alemania había obtenido importantes ventajas durante las décadas anteriores.

La contradicción consistía en que ese objetivo debía coexistir con otro interés igualmente importante: conservar las relaciones económicas con Rusia. Tras el golpe de Estado contra Yanukóvich, la incorporación de Crimea a Rusia y el conflicto en el Donbás, Berlín respaldó la orientación occidental de Kiev y las sanciones contra Moscú, pero trató al mismo tiempo de preservar canales políticos y económicos con Rusia. El formato de Normandía, los acuerdos de Minsk y la continuidad de Nord Stream mostraban esa búsqueda de equilibrio.

Estados Unidos operaba, sin embargo, en una escala distinta. Su posición dominante dentro del bloque atlántico condiciona los márgenes de actuación alemanes, mientras Washington inscribe el escenario europeo en una competencia mundial más amplia. Sus propios documentos estratégicos distinguen a Rusia como una amenaza inmediata y a China como el competidor capaz de disputar a largo plazo su posición global. Desde esa perspectiva, limitar los vínculos de Moscú con Europa occidental, reforzar la cohesión de la OTAN y preservar la centralidad estadounidense en la seguridad europea forman también parte de una correlación de fuerzas cuyo horizonte principal es China.

Los intereses estadounidenses y alemanes coincidían en limitar las relaciones entre Rusia y Ucrania, pero no eran idénticos. Alemania obtenía ventajas específicas de su relación económica y energética con Moscú, por lo que una ruptura completa resultaba mucho más costosa para Berlín que para Washington.

La escalada de 2022, la suspensión de Nord Stream 2 y la destrucción posterior de parte de sus infraestructuras hicieron inviable aquel equilibrio y reforzaron, además, la dependencia europea de la estructura militar atlántica. Por eso, ni la idea de que Alemania simplemente "se pegó un tiro en el pie" ni la explicación basada exclusivamente en la presión estadounidense resultan suficientes: Berlín actuó también conforme a intereses propios, aunque dentro de un bloque dirigido por Washington.

El chovinismo convierte problemas derivados de determinadas decisiones económicas y geopolíticas en agravios sufridos por una comunidad nacional aparentemente homogénea y desplaza sus causas hacia rusos, estadounidenses o inmigrantes, según el discurso. La militarización completa esa respuesta

La metáfora del 'jardín' y la 'selva' de Josep Borrell permite ampliar todavía más el problema. El espacio europeo se construyó dentro de un sistema internacional desigual, apoyado en una posición privilegiada respecto de territorios proveedores de materias primas, energía, fuerza de trabajo y mercados. La inquietud ante el exterior expresa también el debilitamiento relativo de esa posición, en un escenario marcado por el ascenso de China y por la búsqueda de mayores márgenes de autonomía en Asia, África y América Latina.

Estas contradicciones han atravesado también las recientes campañas electorales alemanas, aunque bajo discursos diferentes. Unos sitúan el problema en Rusia y reclaman más rearme; otros combinan el malestar económico con la inmigración o presentan la recuperación de las relaciones con Moscú como solución. Cambian los culpables y las respuestas, pero el debate rara vez alcanza las bases materiales de la crisis.

Porque el deterioro alemán no puede explicarse únicamente por amenazas exteriores, decisiones estadounidenses o errores coyunturales. Durante décadas, sus grandes capitales se beneficiaron simultáneamente de la expansión productiva hacia Europa oriental, de la energía rusa y de un orden europeo garantizado estratégicamente por Estados Unidos. La crisis actual nace también de las contradicciones de ese modelo.

El chovinismo permite precisamente borrar esa historia. Convierte problemas derivados de determinadas decisiones económicas y geopolíticas en agravios sufridos por una comunidad nacional aparentemente homogénea y desplaza sus causas hacia rusos, estadounidenses o inmigrantes, según el discurso. La militarización completa esa respuesta: la Zeitenwende, el aumento del gasto militar y la reorientación industrial ofrecen una salida desde arriba a una crisis cuyas causas apenas se someten a discusión.

Así, mientras las campañas discuten quién amenaza a Alemania o quién debe pagar por su deterioro, permanece mucho menos cuestionado quién ha orientado durante décadas sus principales decisiones económicas. La crisis no cayó sobre Alemania desde el exterior: es también el resultado de una forma de expansión de sus capitales que terminó entrando en contradicción con las condiciones internacionales que la habían hecho posible.