El verano de 1936 fue el primero en que los trabajadores franceses disfrutaron de vacaciones pagadas, una conquista obtenida bajo el Frente Popular de Léon Blum después de una oleada de huelgas que había obligado a convertir en derecho lo que hasta entonces había sido privilegio, y que en la Unión Soviética existía desde 1918.
En Berlín, mientras tanto, el régimen nazi utilizaba los Juegos Olímpicos para ocultar, tras las banderas y los estadios, las Leyes de Núremberg aprobadas el año anterior. Allí Jesse Owens, nieto de esclavos, ganaba cuatro medallas de oro representando a un país —Estados Unidos— donde él mismo seguía sometido a la segregación racial.
Mientras la prensa estadounidense celebraba la derrota simbólica del racismo nazi, continuaban Jim Crow y los linchamientos, y aquel mismo año comenzaba a publicarse el Green Book, destinado a indicar a los negros dónde podían comer, dormir o repostar sin ser expulsados por el color de su piel.
Más al este, algunas columnas del Ejército Rojo chino completaban todavía la Larga Marcha mientras crecía la presión por unir fuerzas frente a Japón. Etiopía resistía la ocupación fascista italiana y Sudáfrica profundizaba una legislación segregacionista que anticipaba el apartheid. En América Latina, el gobierno de Getúlio Vargas en Brasil entregaba a Olga Benário, comunista alemana y judía, a la Alemania nazi.
Aquel verano condensaba, por tanto, un mundo en movimiento, atravesado simultáneamente por el fascismo y el colonialismo, por la segregación racial y la reacción, pero también por huelgas, reformas sociales, luchas anticoloniales y movimientos revolucionarios. Así, la guerra en España no irrumpiría desde fuera de esa historia, sino que se convertiría en uno de sus puntos de condensación.
El 17 y 18 de julio de 1936, una conspiración militar apoyada por fuerzas monárquicas, reaccionarias y fascistas, además de importantes sectores del gran capital, intentó derribar a la República. El golpe fracasó en su propósito de conquistar rápidamente el Estado y abrió una guerra que, aunque llamada civil, fue de clase e internacional prácticamente desde su nacimiento.
No estaba cambiando solo quién ocupaba los ministerios, sino la correlación de fuerzas entre propietarios y trabajadores, terratenientes y campesinos, gobernantes y gobernados. Ese cambio hizo del fascismo una herramienta cada vez más atractiva para quienes temían perder poder.
El trasfondo era más profundo: se estaban cuestionando las bases mismas que sostenían la desigualdad como fenómeno natural. En el campo, las luchas campesinas y las ocupaciones de tierras cuestionaban una estructura de propiedad profundamente desigual; en las minas seguían resonando la Revolución de Asturias de 1934 y la brutal represión posterior. La victoria del Frente Popular en febrero de 1936, pese al carácter moderado de su programa, coincidió con una movilización popular que desbordaba la alternancia electoral.
No estaba cambiando solo quién ocupaba los ministerios, sino la correlación de fuerzas entre propietarios y trabajadores, terratenientes y campesinos, gobernantes y gobernados. Ese cambio hizo del fascismo una herramienta cada vez más atractiva para quienes temían perder poder.
Esos temores también se reflejaron en la actitud que adoptaron las principales potencias europeas occidentales ante la guerra española. En los días posteriores al golpe, el Gobierno republicano pidió a Francia que le vendiera armas. Léon Blum, al frente de otro Gobierno de Frente Popular, estuvo inicialmente dispuesto a hacerlo, pero la presión británica, las divisiones internas francesas y el temor a que cualquier ayuda abierta terminase provocando un enfrentamiento con Alemania e Italia fueron empujando a París hacia otra solución: la llamada política de No Intervención.
Sobre el papel, el principio parecía sencillo. Si ninguna potencia suministraba armas, hombres o material de guerra a ninguno de los dos bandos, el conflicto podría permanecer encerrado dentro de las fronteras españolas y evitarse así una guerra europea. En agosto de 1936 se articuló el acuerdo y poco después comenzó a funcionar en Londres un Comité de No Intervención en el que participaron la mayoría de las potencias europeas.
Pero aquella aparente neutralidad nació sobre una realidad que ya no era neutral. Alemania e Italia habían tomado partido desde los primeros días y continuaron enviando aviones, armas, tropas y apoyo logístico a las fuerzas golpistas aun después de adherirse formalmente al acuerdo. Mientras tanto, la República veía seriamente restringida su capacidad para comprar armamento en el mercado internacional.
Pero aquella aparente neutralidad nació sobre una realidad que ya no era neutral. Alemania e Italia habían tomado partido desde los primeros días y continuaron enviando aviones, armas, tropas y apoyo logístico a las fuerzas golpistas aun después de adherirse formalmente al acuerdo.
La posición británica tampoco puede entenderse únicamente como miedo a otra guerra europea. Londres observaba con preocupación las huelgas, las colectivizaciones, las ocupaciones de tierras y el reparto de armas entre trabajadores. Para sectores importantes de las clases dominantes británicas, la guerra era un peligro; una transformación social que alterase las relaciones de propiedad y poder afectaba de forma todavía más inmediata a sus intereses, tanto internos, como imperiales.
Solo México y, de manera decisiva en el terreno militar, la Unión Soviética, mantuvieron un apoyo sostenido a la República.
La guerra española, por tanto, nunca fue únicamente española. La No Intervención no consiguió impedir su internacionalización: lo que hizo fue permitir que esa internacionalización se desarrollara bajo una correlación de fuerzas profundamente desigual.
¿Tenían motivos los grandes capitales para temer a un pueblo que comenzaba a organizarse y decidir por sí mismo? Desde la lógica de sus intereses, probablemente sí. Porque la guerra no mostró únicamente una España en transformación
¿Tenían motivos los grandes capitales para temer a un pueblo que comenzaba a organizarse y decidir por sí mismo? Desde la lógica de sus intereses, probablemente sí. Porque la guerra no mostró únicamente una España en transformación: en su experiencia práctica empezaron también a perfilarse algunos rasgos de otro mundo posible. Las Brigadas Internacionales y las redes de solidaridad que las rodearon llevaron hasta España a más de 40.000 voluntarios de más de cincuenta países, y con ellos llegaron también otras formas de entender el trabajo, la ciencia, la igualdad y el papel de los intelectuales.
A Salaria Kea la habían rechazado en tres escuelas de enfermería de Ohio por ser negra y, ya titulada en el Harlem Hospital de Nueva York, cuando se ofreció como voluntaria de la Cruz Roja para atender a las víctimas de las grandes inundaciones del Medio Oeste de 1936, sus servicios volvieron a ser rechazados por el color de su piel. Un año después cruzó el Atlántico y trabajó como enfermera en el hospital republicano de Villa Paz, en Saelices. Algo parecido ocurría con las mujeres que se subían a las ambulancias. Evelyn Hutchins tuvo que enfrentarse incluso a los organizadores estadounidenses que consideraban demasiado peligroso enviar a una mujer como conductora. Insistió hasta conseguirlo y en España condujo ambulancias y camiones, transportando heridos, material sanitario, ropa, alimentos e incluso municiones bajo condiciones de combate.
En la medicina ocurrió algo parecido. En la Unión Soviética ya se había comenzado a construir una sanidad universal y gratuita; en España, las circunstancias de la guerra permitieron vislumbrar esa misma concepción de la medicina como derecho y servicio colectivo. Frederic Duran-Jordà y Norman Bethune contribuyeron a desarrollar sistemas capaces de llevar sangre conservada hasta los heridos del frente, pero lo decisivo no era únicamente el avance técnico: la ciencia, los conocimientos y los recursos sanitarios se organizaban alrededor de la necesidad humana y no de la capacidad de pago. La medicina y la investigación dejaba de ser una mercancía para convertirse en un derecho colectivo.
También los intelectuales abandonaron la torre de marfil. John Cornford murió combatiendo en Lopera; Felicia Browne dejó el arte para incorporarse a una milicia, falleciendo en el frente de Aragón; Julian Bell, poeta, miembro del círculo de Bloomsbury y sobrino de Virginia Woolf, eligió conducir ambulancias y murió tras ser herido en Brunete. Mientras el Gobierno británico levantaba la No Intervención, una parte de sus propios intelectuales atravesaba Europa para hacer exactamente lo contrario. La poesía, el arte y la ciencia se ponían al servicio del pueblo.
Casi tres décadas después, Chicho Sánchez Ferlosio condensó en una canción escrita bajo el franquismo una intuición que permite volver sobre 1936: "La guerra que tanto temen no viene del extranjero". No porque la dimensión internacional fuese secundaria —España había demostrado exactamente lo contrario—, sino porque detrás de los Estados, los ejércitos y las declaraciones diplomáticas existía otro conflicto que atravesaba las fronteras. La cuestión era también qué ocurría cuando obreros y campesinos comenzaban a alterar unas relaciones de propiedad y de poder que parecían naturales e intocables.
En 1936, una política que actuó sobre una lucha de clases ya internacionalizada y modificó su correlación de fuerzas, recibió un nombre tan hipócrita como diplomáticamente impecable: No Intervención.