Este mes de julio de 2026 se estrenó la interpretación de Christopher Nolan de la 'Odisea' homérica. Las polémicas en torno a la película han sido numerosas y, en la mayoría de los casos, superficiales. Sin embargo, parece haber quedado en un segundo plano la verdadera apuesta del director, que recorre toda la obra de manera persistente.
Hay dos elementos que atraviesan la historia: las referencias a los llamados pueblos del mar y la importancia de la ley de Zeus, es decir, de la 'xenia'. Dos elementos con los que Nolan construye una interpretación propia sobre el derrumbe de una civilización.
Cabe destacar que en la 'Odisea' no se habla de los pueblos del mar. La expresión procede de las fuentes egipcias y de los intentos de los historiadores posteriores por reconstruir la crisis que sacudió el Mediterráneo oriental al final de la Edad de Bronce. Aquella crisis supuso la desaparición del Imperio hitita, el derrumbe de los centros palaciales micénicos y tuvo graves consecuencias también para el Egipto de los faraones. Aunque, naturalmente, este colapso no puede explicarse a través de una única causa.
Las invasiones, los conflictos internos, las alteraciones comerciales, las crisis climáticas y el agotamiento de las estructuras políticas y económicas debieron combinarse de diferentes maneras.
Aquella crisis supuso la desaparición del Imperio hitita, el derrumbe de los centros palaciales micénicos y tuvo graves consecuencias también para el Egipto de los faraones.
El otro gran elemento de la película, este sí central en la 'Odisea', es la 'xenia': la hospitalidad entendida no como un simple gesto de cortesía, sino como una ley sagrada protegida por Zeus y cuyo incumplimiento amenazaría los propios fundamentos que hacían posible la convivencia. Nolan presenta así la ruptura de la 'xenia' como uno de los síntomas de la descomposición de la civilización. Cuando desaparecen las normas que permiten reconocer al otro, recibirlo y negociar con él, la violencia deja de ser una excepción y se convierte en el lenguaje dominante, dejando de aceptar cualquier límite a su propia fuerza.
En la película, Nolan convierte el caballo de Troya en la violación definitiva de la ley de Zeus: la utilización de un gesto de confianza para destruir al adversario desde dentro. Así, cualquier posibilidad de pacto queda anulada y la relación con el otro se convierte definitivamente en engaño, humillación y exterminio.
Hoy, en 2026, el mundo que se relaciona entre sí es mucho más amplio que el del Mediterráneo oriental. Pero la historia nos enseña que el derecho internacional, algo así como la 'xenia' actual, nunca ha supuesto ninguna garantía, ya que su aplicación ha estado siempre condicionada por la correlación de fuerzas y no por una convicción moral compartida.
Con todo, incluso ese marco desigual establecía ciertos límites, reconocía espacios de negociación y obligaba, al menos formalmente, a justificar la violencia. Lo que caracteriza a nuestra época, en ese sentido, es que parece que incluso esas formas comenzaron a abandonarse.
La historia nos enseña que el derecho internacional, algo así como la 'xenia' actual, nunca ha supuesto ninguna garantía, ya que su aplicación ha estado siempre condicionada por la correlación de fuerzas y no por una convicción moral compartida.
Así, el caballo de Troya ha reaparecido este año en distintos escenarios. Cada vez que una negociación se utiliza para preparar una agresión, cada vez que una tregua sirve para reorganizar la guerra o cada vez que el lenguaje de la paz encubre una política de imposición.
En Europa, la Unión Europea y el Reino Unido parecen empeñados en alimentar una escalada militar contra Rusia, presentando el rearme y la confrontación como el único horizonte posible. Por otra parte, Estados Unidos ha agredido unilateralmente tanto a Venezuela como a Irán, utilizando las negociaciones diplomáticas como medios para la agresión, mientras mantiene un asedio medieval contra Cuba.
Y para justificar todo vuelve a recurrirse a una fórmula tan antigua como eficaz: civilización contra barbarie. Y esto nos lleva de nuevo hacia la reflexión que nos propone la película: ¿quiénes son realmente los pueblos del mar?, ¿quiénes son los bárbaros?
Finalmente, el espectador descubre que, según la interpretación de Nolan, los "pueblos del mar" eran los propios griegos, invadiéndose unos a otros en su locura bélica y de rapiña. Así explica Nolan el colapso de la Edad de Bronce tardío en el Mediterráneo oriental y el siglo de Edad Oscuro que sucedió a la civilización micénica. Y es evidente la advertencia que Nolan pretende lanzar en el contexto geopolítico actual.
El bárbaro del exterior
Por otra parte, la construcción del bárbaro exterior no sirve únicamente para justificar la violencia más allá de las fronteras. Termina proyectándose inevitablemente sobre la propia sociedad. Cuando el enemigo de fuera ya no basta para ocultar la decadencia, el poder necesita encontrar también enemigos dentro: quienes se oponen a la guerra, cuestionan el rearme o expresan su solidaridad con Palestina.
También los migrantes, a quienes se presenta como una amenaza llegada desde fuera, ocultando que muchos de esos desplazamientos son consecuencia directa de las guerras, del saqueo económico y de la desestabilización provocada durante décadas por las propias potencias imperialistas. El bárbaro exterior y el enemigo interno son dos figuras de un mismo relato, cuyo propósito es ocultar que la verdadera crisis no procede de quienes llegan, protestan o resisten, sino de un sistema incapaz de sostenerse sin recurrir cada vez más abiertamente al saqueo y la violencia.
La decadencia de Occidente no es la caída de una civilización entendida como una entidad abstracta. Es la crisis de un sistema desigual y, sobre todo, es responsabilidad de quienes se benefician de esa desigualdad y pretenden mantenerla a cualquier precio.
La propuesta de Nolan contiene un discurso pacifista y un llamamiento a recuperar un espacio de convivencia basado en una nueva ley de Zeus, que en nuestro tiempo podría identificarse, como decíamos, con el derecho internacional, pero debe implicar una comprensión más profunda de las relaciones de poder que han determinado siempre el cumplimiento o el incumplimiento de esa ley.
En efecto, vivimos en un mundo en el que la ley de Zeus ha sido pisoteada y en el que los pueblos del mar, como se insinúa al final de la película, somos nosotros mismos. O, más concretamente, lo son las potencias occidentales que, mientras señalan la barbarie ajena, destruyen las normas, las instituciones y los espacios de encuentro que ellas mismas dicen representar.
Alejémonos de los cantos de sirena, aunque ahora los llamen relatos. Troya, si existió, dejó sus ruinas en la colina de Hisarlik, en la actual Turquía. Pero aquella guerra no se libró por el rapto de Helena. Tras el relato mítico se encontraba el control del comercio, de las rutas y del territorio.
La decadencia de Occidente no es la caída de una civilización entendida como una entidad abstracta. Es la crisis de un sistema desigual y, sobre todo, es responsabilidad de quienes se benefician de esa desigualdad y pretenden mantenerla a cualquier precio.