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La otra mejilla de América Latina

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La otra mejilla de América Latina

Tras el aparente avance arrollador de la doctrina Monroe y sus cavernícolas representantes al norte y sur del río Grande, en América Latina por fin comienza a suceder algo interesante. Desde el sorpresivo y contundente triunfo de Lula en Brasil hasta el digno actuar del canciller cubano en la ONU, Bruno Rodríguez, se vislumbran las señales de primeros cambios.

Creo que las cosas realmente nuevas en la política no pueden ser leídas desde la lógica de los tiempos que ya pasaron, sobre todo ahora, cuando, al parecer, nadie cree en serio en los 'progresismos' de las décadas recientes, que no hicieron otra cosa que sembrar ilusiones y ablandar el tejido social al mejor estilo de la Alianza para el Progreso inventada por el Gobierno estadounidense en los años 60 con el fin de neutralizar el efecto de la Revolución cubana.

Es impresionante ver cómo la misma historia de hace más de medio siglo se convierte en un lazo del tiempo, que nos alcanza y nos atrapa, desprevenidos, al borde del abismo político de nuestros días. 

Para contextualizar un poco, compartiré una de las impresiones más fuertes de estas últimas semanas. Después del fallecimiento del gran documentalista chileno Patricio Guzmán, sentí la necesidad de homenajearlo viendo una vez más su principal obra maestra, 'La batalla de Chile'. En su tercer capítulo, llamado 'El poder popular', me detuve. El documental retrataba a un pueblo despierto de verdad. El pueblo chileno de los tiempos de Allende, que con su claridad, lucidez y decisión incluso, a veces superaba a sus dirigentes, personas sin duda heróicas, revolucionarias y entregadas. Un pueblo con una clara identidad de su clase y de su cultura, muy comprometido con un sueño colectivo y dispuesto a hacerse cargo de su país y su futuro. Gracias a este documento podemos hoy distinguir las caras y las palabras de una revolución de verdad, de la de tantos 'estallidos sociales' de todos los colores de los últimos tiempos, que siempre nos ofrecen recetas peores que la enfermedad. Un pueblo que aprende a pensar por sí solo y a organizarse asusta al poder. Esto explica el porqué de tanta brutalidad en los golpes militares de la década de 1970 en América Latina. Sabían que enfrentaban a un enemigo muy serio y ese fue su único método fascista para devolver al rebaño revuelto de vuelta a los establos. 

En las últimas décadas que han pasado, vimos cómo varios Gobiernos latinoamericanos, que con sus propuestas de cambio social ganaron elecciones democráticamente, no supieron ni lograr los cambios profundos en sus sociedades, ni defender sus conquistas, ni generar valores diferentes a los del sistema imperante, lo que precipitó su caída casi tan rápida como su ascenso.

Tuvieron altos cargos en los Gobiernos, pero nunca llegaron a tener verdadero poder político ni económico, ni mucho menos mediático. Hablando mucho de la revolución, nunca lograron construir un proyecto revolucionario. Por eso, creo que no podemos decir que ellos perdieron poder, ya que nunca lo tuvieron. Con esto no niego que se hicieron muchas cosas valiosas y beneficiosas para la gente, pero nunca se hizo lo más urgente: la revolución. 

En los últimos años la ultraderecha, que con estas 'revoluciones' nunca ha desaparecido y ni siquiera se ha debilitado, esperó pacientemente, acumuló fuerzas, recursos y tecnologías, y con el nuevo aliado en la Casa Blanca contraatacó con mucho éxito, una vez más, cambiando 'democráticamente' el mapa político del continente. Presenciamos con horror el retorno de los monstruos prehistóricos que hace poco considerábamos extintos. Un panorama triste, agobiante y desolador. 

Pero esta última semana nos presenta elementos que nuevamente quiebran los esquemas, complicándoles la vida a los optimistas y pesimistas tradicionales.

En Brasil, pese a todos los pronósticos, cálculos, presagios y augurios, Inácio Lula da Silva ganó de una manera muy contundente las elecciones teniéndolo prácticamente todo en contra. Su contrincante, Flávio Bolsonaro, entre no reconocer el resultado o convertirse en líder de la oposición, eligió lo tercero: una grotesca fuga con su familia a EE.UU., al mejor estilo del escape de Somoza de Nicaragua a Paraguay en 1979, y además con la ayuda del ser más nefasto de la política argentina: Santiago Caputo, el verdadero inventor y titiritero de Milei.

Aunque la fuga de Bolsonaro ha sido el evento más pintoresco de la jornada y es una verdadera golosina para la prensa, lo más importante de estas elecciones en Brasil fue la enorme y sorprendente capacidad que demostró la izquierda brasileña para movilizarse en solo tres semanas, de hacer un trabajo muy duro y claro que logró revertir el escenario político, donde al parecer Lula no tenía ningún chance. 

Creo que trabajar sobre las victorias no es menos importante que trabajar sobre las derrotas. Si este triunfo electoral conduce a la autocomplacencia colectiva y a otros cuatro años de dormirse en los laureles, terminará convirtiéndose, inevitablemente, en una derrota.

El fracaso del candidato trumpista en el país más grande de América Latina es una excelente noticia. Pero es necesario recordar quiénes querían también su derrota. No fue solo la izquierda y los antifascistas, sino también el Partido Demócrata de EE.UU. y sus aliados europeos y latinoamericanos. No creo que a estos últimos les preocupe mucho salvar la soberanía de Brasil o combatir la derecha. Para ellos, América Latina no es más que un escenario donde compiten distintas variantes del imperialismo: una hipócrita, como la suya, y otra cínica, como la de Trump.

Ellos también defienden la misma doctrina Monroe, el mismo bloqueo contra Cuba, y con los mismos ojos ven a América Latina como su patio trasero. Solo que no lo dicen públicamente. Públicamente les gusta criticar a Israel y a la dictadura de Pinochet, olvidando que estos dos, entre otras cosas, son también productos de las políticas de sus Gobiernos.

No dudo de que harán todo lo posible por aprovechar la victoria de Lula en sus propios intereses. La experiencia no les falta, y entre las máscaras del carnaval brasileño cuesta distinguir sus rostros verdaderos.

Con todo el respeto que merece Lula, el principal y verdadero vencedor de las elecciones presidenciales tiene solo un nombre: el pueblo brasileño.

Por eso es tan importante que mañana nadie le arrebate esta victoria. Para convertir un triunfo electoral en una victoria es necesario trabajar mucho. Y Brasil ha demostrado que sí se puede.

El otro evento simbólico tuvo dos partes y sucedió en la sede de la ONU en Nueva York. Año tras año las delegaciones cubanas aguantan con paciencia y estoicismo la total grosería, las calumnias y los insultos de los representantes oficiales de EE.UU.

Este martes 27 de octubre el canciller cubano, Bruno Rodríguez, por fin respondió y encaró del embajador estadounidense ante la ONU, Mike Waltz, quien desde la tribuna del Consejo de Seguridad, con la soberbia de siempre, insultó y amenazó a Cuba, afirmando además que "no hay bloqueo".

Marco Rubio, quien hace pocos días dio el aviso público de reclutamiento de espías cubanos para la CIA, ordenó la expulsión de EE.UU. del primer secretario de la misión de Cuba ante las Naciones Unidas. Luego, en la votación del 28 de octubre, la Asamblea General de la ONU aprobó por 34.ª ocasión consecutiva la resolución que exige el fin del bloqueo impuesto por Estados Unidos a Cuba. 

Aunque el documento una vez más fue ratificado, la prensa estadounidense celebra lo que llama "el más bajo respaldo internacional a Cuba". El resultado oficial de la votación reflejó este cambio de posiciones al cerrar con 130 votos a favor de levantar el embargo, 17 en contra y 25 abstenciones. Es cierto que es diferente de la situación del año anterior, cuando el Gobierno cubano había logrado consolidar una mayoría de 165 votos a favor, frente a solo 7 en contra y 12 abstenciones.

Varios Gobiernos de Latinoamérica — como Colombia, Argentina, Paraguay, Ecuador y Costa Rica— cambiaron su postura histórica y votaron en contra junto a Estados Unidos, Israel, Ucrania y otros de sus satélites, marcando el mayor rechazo registrado en la historia de esta resolución. Pero, curiosamente, esta victoria pírrica de Trump ya está teniendo dos giros inesperados. 

Por un lado, dejó en evidencia ante el mundo el mapa político actualizado de las colonias modernas, países que ya no se atreven a opinar por sí solos, con abstenciones históricas de potencias europeas como Alemania e Italia, que optaron por no respaldar a la isla por primera vez en décadas, y también de los Gobiernos títeres que EE.UU. impuso en estos años en América Latina y que no desaprovechan ocasión para arrastrarse. Y por el otro lado, con sus mil insultos, chantajes, amenazas y promesas, Trump, que expande su doctrina Monroe por los seis continentes, no fue capaz de obligar a los otros 130 Gobiernos de que dejen de ser solidarios con Cuba. Todos entienden que en esta votación no se trata solo del bloqueo contra Cuba, sino que es el medidor más claro para calcular la soberanía real de los países y sus Gobiernos, mucho más allá de su signo político. 

Latinoamérica y el mundo de nuevo están entrando en movimiento, preparándonos nuevas oportunidades, desafíos y esperanzas. Este futuro sigue abierto y va mucho más allá de una u otra votación o elección. "Dulce mejilla la de mi pueblo. Que a la segunda le está doliendo…", cantaba al final del siglo pasado el gran venezolano Alí Primera. Después de estos duros años y meses, el gigante de nuevo se está despertando. Nada ha sido en vano. La loca y porfiada resistencia de la pequeña Cuba y los rojos caudales de las calles de Brasil buscan encontrarse en un abrazo de estos tiempos. Nada está perdido. Solo debemos aprender más y mejor de la historia. 

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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