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Europa: Crónica de una guerra anunciada

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Europa: Crónica de una guerra anunciada

Esta semana, en la Asamblea General de la ONU, presenciamos un nuevo capítulo de la teleserie del absurdo, en la que el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Johann Wadephul, solicitó reunirse con su par ruso, Serguéi Lavrov, para notificarle personalmente el desinterés de su gobierno en un diálogo serio.

La misma teleserie incluye los capítulos con drones desconocidos en los aeropuertos alemanes que son declarados "rusos" mucho antes de cualquier prueba verificable, mientras cada vez más tecnologías alemanas se integran en las operaciones militares ucranianas contra Rusia, en el fondo de su territorio, cada vez más lejos de la línea del frente.

Si antes Ucrania, por encargo de Occidente, provocaba a Rusia, preparando a su población para una guerra que se presentaba como inevitable, ahora los principales países de la Unión Europea están haciendo lo mismo. El lema "hasta el último ucraniano" de a poco se convierte en "hasta el último letón, rumano o polaco", para llegar a ser "hasta el último europeo". Recordemos que Europa, antes del golpe de Estado en Ucrania, organizado conjuntamente por EE.UU. y la Unión Europea, no tenía con Rusia ningún conflicto y mantenía relaciones económicas, políticas, científicas y culturales en beneficio mutuo de millones de personas. Nadie podía imaginar que, en tan solo unos años, se estaría al borde de la peor guerra en la historia.

El trágico absurdo de la política europea es incomprensible sin su contexto, que suele esconderse.

El bienestar económico de la mayoría de los países europeos en la segunda mitad del siglo XX se explica por dos factores principales: el de siempre, el saqueo de las riquezas naturales y humanas del Sur Global; y uno nuevo, la necesidad de competir en materia de beneficios sociales con la Unión Soviética y el mundo socialista, cada vez más atractivos para la mayoría de los pueblos del mundo. La prueba de lo segundo es la rápida pérdida de muchos logros sociales en Europa Occidental en los años posteriores a la desaparición de la URSS.

El poder supranacional corporativo y bancario, que jamás se preocupó por el bienestar de ninguno de los pueblos, apostó desde finales del siglo pasado por un control total del planeta. Primero fueron los gobiernos neoliberales con su filosofía fukuyamiana sobre el "fin de la historia", los que socavaron la soberanía de varios países, minimizando el Estado y sus funciones; luego el tecnofascismo de las nuevas élites planteó la necesidad de cancelar todo lo que oliera a cualquier grado de independencia nacional, a favor de un control total a través de los organismos financieros y político-militares internacionales que ahora se están fusionando en un único polo del poder.

Obviamente, esto va de la mano del control de los medios de comunicación, de las tecnologías, plataformas digitales e inteligencia artificial que genera tantas falsas discusiones en estos días. Para lograr que las poblaciones lo acepten o incluso lo apoyen, es necesario rebajar su nivel cultural, espiritual y cognitivo. Para esto sirven los nuevos programas educativos, modas culturales y ofertas populistas de ultraderecha.

En Alemania, la ultraderecha está ganando a la derecha en el terreno político, a una velocidad vertiginosa. Alternativa para Alemania (AfD) gana unas elecciones tras otras y, por lo visto, la tendencia no hará sino intensificarse. Lo mismo puede volver a ocurrir en Francia y en muchos otros países de la Unión Europea.

En un mundo donde la mayoría de los llamadas y llamados "izquierdas", "socialistas", "verdes", "socialdemócratas" y "demócrata-cristianos" hace mucho que dejaron de ser de izquierda, ni socialistas, ni verdes, ni socialdemócratas, ni demócratas, ni mucho menos cristianos, el poder corporativo comienza a soltarles la cadena a sus defensores más fieles y de colmillos más afilados: la ultraderecha.

Y, frente a la degradación y la locura de las pseudoizquierdas, así como a la absoluta impotencia política de las fuerzas políticas tradicionales, la ultraderecha finge exitosamente lo más extrañado: el "sentido común".

Basta con echar una ojeada a los programas políticos de Alternativa por Alemania y de los demás partidos de la ultraderecha europea para darnos cuenta de que sus diferencias reales con las actuales autoridades de la Unión Europea son mínimas. Y quienes se toman en serio la idea de que son "amigos de Rusia", sólo pueden ser enemigos de Rusia o gente profundamente ignorante. Además, la AfD no representa ninguna alternativa. Es un partido plenamente integrado en el sistema que lo presenta como "una alternativa".

Exactamente igual que en el otro extremo del mismo sistema, los lumpen histéricos, tatuados con el Che Guevara y de sexo indefinido, se presentan como "antisistema", "rebeldes" o "revolucionarios". Sin estos "enemigos", el capitalismo corporativo actual hace tiempo habría desaparecido.

Para no quedarnos atrapados en esta confusión, que termina nublando tanto la mirada como la conciencia, es necesario comprender que ante nuestros ojos se desarrolla una gigantesca representación teatral en la que prácticamente nadie es lo que dice ser. La guerra mundial cognitiva que lleva tiempo desarrollándose está cada vez más cerca de entrar en una fase armada, que casi inevitablemente sería nuclear. Y para impedir que este plan de negocios se venga abajo, el teatro de operaciones europeo se está limpiando de cualquier germen de pensamiento crítico y de verdadera organización ciudadana: precisamente los únicos elementos que podrían detener la catástrofe que se prepara.

La rusofobia oficial no está dirigida únicamente contra el Gobierno ruso, ni siquiera contra Rusia. Es la expresión de un virus fascista que termina destruyendo a todos los pueblos sin excepción. Y la cultura europea ya está sufriendo sus consecuencias, mucho más que la rusa. En la Europa actual, absorbida por las corporaciones, disciplinada bajo el chantaje de Trump y embrutecida por "los medios democráticos", ¿qué fuerza o qué organización será capaz de oponer una resistencia real a la pesadilla que se aproxima? Su famosa "sociedad civil" parece hoy un holograma expuesto en el museo de los mitos del siglo pasado.

No hay nada más importante que impedir la guerra que se prepara ante nuestros ojos. Las élites y los políticos ya han demostrado su absoluta irresponsabilidad y su incapacidad para alcanzar acuerdos.

La creciente ola ultraderechista en Europa aparece así como un segundo escalón de defensa de los intereses de los bancos y las corporaciones, destinado a sustituir a los actuales gerentes, cada vez menos eficaces.

"Es mejor ser activos hoy, que radioactivos mañana", decían los activistas sociales de Occidente hace medio siglo. ¿Y actualmente dónde y en qué están sus hijos? ¿Los ciudadanos de Europa realmente no entienden o su miedo a las represalias políticas es mucho mayor que a una muerte segura en una guerra que no es de ellos? Ellos y sólo ellos pueden detener hoy a los locos que se preparan para sacrificarlos. No sé si sabrán sus aliados o rivales que votando por la ultraderecha todavía no se ha detenido ni una sola guerra.

Todo este panorama desalentador constituye, en última instancia, el precio que estamos pagando hoy todos, por la derrota de ayer, de la URSS y de las verdaderas fuerzas de izquierda.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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