El domingo pasado inició la campaña electoral en Brasil que finalizará el 4 de octubre, cuando se realice la primera vuelta presidencial. Con esto ha comenzado oficialmente la batalla comunicacional y geopolítica para conquistar la última pieza del dominó que EE.UU. no ha podido capturar en Suramérica: Brasil, el gigante del sur, un país territorialmente decisivo y con una economía vibrante.
Ahí no se juega cualquier cosa, se define el triunfo de la izquierda y una posible reacción regional frente al giro trazado por EE.UU. bajo el trumpismo, después de que los gobiernos progresistas de Ecuador, Chile, Bolivia y Colombia cedieran paso al segundo ciclo derechista en América Latina, dirigido por un liderazgo más radicalmente conservador que el anterior, evangélico y, fundamentalmente, trumpista.
Con esto ha comenzado oficialmente la batalla comunicacional y geopolítica para conquistar la última pieza del dominó que EE.UU. no ha podido capturar en Suramérica: Brasil, el gigante del sur, un país territorialmente decisivo y con una economía vibrante.
En este acontecimiento se llevará a cabo una reedición de la batalla que se produjo en 2022 entre el presidente Luiz Inácio Lula da Silva (del Partido de los Trabajadores o PT) y el bolsonarismo, encarnado entonces por el expresidente Jair Bolsonaro, cuya candidatura es ahora reemplazada por su hijo, el senador Flávio Bolsonaro (Partido Liberal).
Después de los acontecimientos de enero de 2023, cuando el bolsonarismo desconoció el triunfo electoral de Lula y hordas de fanáticos tomaron por asalto las sedes de los poderes públicos en Brasilia, el nivel de extremismo planteado para la actual contienda hace pensar que podrían volverlo a hacer si el resultado no les favorece. Estamos en un Brasil políticamente burbujeante, así que cualquier cosa podría pasar.
Este bolsonarismo se encuentra cada vez más alineado con Washington, un aliado que impone aranceles a las exportaciones brasileñas mientras posiciona sus gobiernos más cercanos en apoyo a Bolsonaro y contra Lula. Un ejemplo es el presidente argentino Javier Milei, quien viajó a Brasil para respaldarlo con severas críticas al mandatario brasileño y, con esto, abrir un choque diplomático, sin importar que Brasil sea el primer socio comercial de Argentina: la ideología puede más en estos tiempos que la misma economía.
Todas los ojos estarán puestos sobre esta campaña en la que muy probablemente la figura del presidente de EE.UU., Donald Trump, tome iniciativas muy a su estilo, a lo interno del debate electoral brasileño, para seguir apoyando a Flávio Bolsonaro.
Las campañas inician según lo previsto
Al revisar la trayectoria de los últimos veinticinco años del PT, la estrategia electoral clave para ganar sigue siendo capturar el 'centrão'.
Es en el centro político donde chocan las dos placas tectónicas que alcanzarán más de sesenta millones de votos, cada una, y donde se disputan los sectores moderados y los partidos de la socialdemocracia. Ese espacio político vuelve a ser determinante porque de allí surgen tres o cuatro candidaturas alternativas que marcan, cada una, en torno al 4 % de preferencia en los sondeos. Entre ellas destacan la del exgobernador del estado de Goiás, Ronaldo Caiado (Partido Social Democrático), y la del exgobernador de Minas Gerais, Romeu Zema (NOVO). Estos aspirantes proyectan reunir entre un 8 y un 12 % de la votación, entre ambos, fuerza que terminaría decantando la elección en una segunda vuelta. No olvidemos que en 2022, el candidato con más crecimiento entre las dos vueltas fue Bolsonaro, lo que da cuenta de su capacidad de proyección.
Una resolución en primera vuelta luce descartada. Ante este panorama, Flávio buscó alianzas en el 'centrão' para acompañar su fórmula vicepresidencial, pero terminó registrando a su compañero de partido, el exfiscal Alfredo Gaspar, lo cual debilita su desplazamiento político en el mapa electoral brasileño.
En los anteriores comicios presidenciales, la diferencia de votos entre Lula y Bolsonaro fue de menos de 2 %. Hablamos de dos grandes fuerzas que llegarán hasta el final disputando cada espacio, con especial atención en los millones de jóvenes que no votaron hace cuatro años. Vista la magnitud de la colisión, las campañas apuntarán a movilizar hacia la recta final al centro político, a los indecisos y a los nuevos votantes.
Lula comenzó su campaña de forma más o menos bucólica, con una impronta popular, evocando sus orígenes para conectar con su base sólida. Planteó una retórica nacionalista dirigida abiertamente contra Trump, confiando en que el electorado brasileño rechazará los intentos de intervención y los chantajes arancelarios de Washington. Para Lula, demostrar que la soberanía reporta beneficios concretos es su principal punto a favor. Si ese discurso pierde fuerza, la oposición volverá a tomar un rol preponderante, tal como ocurrió en 2018, cuando el bolsonarismo venció a Fernando Haddad, antes de la posterior victoria de Lula en 2022.
Por su parte, Flávio se está recomponiendo de su imposibilidad de conseguir aliados del 'centrão' y de la ruptura de Michel Bolsonaro, (ex primera dama) con su candidatura, a quien tuvo que pedir perdón. Su discurso de "mano dura", en línea directa con el conservadurismo de los presidentes Nayib Bukele, Abelardo de La Espriella y Daniel Noboa, tiene muchos adeptos y un apoyo popular que no puede ser menospreciado en un país donde la delincuencia lleva décadas ocupando una de las principales preocupaciones del pueblo.
Hasta ahora, las encuestas otorgan una ventaja consistente a Lula. Pero son poderosas fuerzas las que están en pugna y que darán el todo por el todo para obtener una victoria. Obtener el título significaría, para la derecha trumpista, abarcar todo el subcontinente, y en cambio, para la izquierda implicaría la consolidación de un gran territorio impermeable al auge conservador, para entonces empezar una lucha por reconquistar los gobiernos suramericanos, hoy perdidos. Todo esto es posible en América Latina, pero en Brasil, más aún.