La mentada "Guerra Fría" del siglo pasado nos acostumbró a decodificar los grandes juegos deportivos como tableros de una confrontación total, agónica y diametral. Cuando pensamos en la relación entre política y deporte, el reflejo automático nos devuelve a la época en que los grandes bloques geoideológicos convocaron sendos boicots contra las Olimpiadas organizadas por países "enemigos". Un verdadero choque civilizatorio que se produjo no en los campos deportivos, sino en los micrófonos y cancillerías, donde se anunciaba de manera oficial una inasistencia que intentaba quitarle todo brillo y competitividad a los juegos.
Desde que la FIFA suspendió de manera indefinida a Rusia en 2022 y su presidente, Gianni Infantino, otorgó el "Premio de la Paz: el fútbol une al mundo" al mandatario de EE.UU., Donald Trump, a finales de 2025, sabíamos que este Mundial no estaba exento de preferencias geopolíticas y exclusiones, las cuales se han venido reproduciendo en la medida en que avanza la cita deportiva.
Pero cabe destacar que el procedimiento de la diatriba no es el mismo que en el siglo pasado. Lo que estamos presenciando en suelo norteamericano ya no es un escenario de contienda entre sistemas mundiales, sino algo más sofisticado y opresivo: la consolidación de una especie de autoboicot que da cuenta de que al anfitrión no le interesa dar la imagen de ser un país abierto y de libre competición, sino uno que privilegia las exclusiones y la coacción sobre aquellos huéspedes que pueda considerar incómodos.
Ya no se trata de un gran bloque occidental que quiere dar lecciones de libertad al otro, sino de un país ensimismado que privilegia la protección interna filtrando visados, impidiendo el ingreso de árbitros, aumentando exponencialmente el precio de las entradas y desplegando a la policía de inmigración para perseguir e impedir que los migrantes acudan a los estadios
Ya no se trata de un gran bloque occidental que quiere dar lecciones de libertad al otro, sino de un país ensimismado que privilegia la protección interna filtrando visados, impidiendo el ingreso de árbitros, aumentando exponencialmente el precio de las entradas y desplegando a la policía de inmigración para perseguir e impedir que los migrantes acudan a los estadios.
La gentrificación de las gradas
En este junio futbolero, y cuando la cita apenas comienza, el conflicto se desplaza hacia la gestión fronteriza, el control interno de migración y la exclusión financiera de las mayorías de fanáticos que no pueden costear el precio al que han llegado las entradas en este mundial.
Aficionados de África, América Latina y Medio Oriente, así como periodistas independientes, se topan con un muro invisible de algoritmos consulares que deniegan accesos bajo criterios opacos de "riesgo migratorio".
Al mejor árbitro de 2025, según la Confederación Africana de Fútbol (CAF), Omar Artan, se le denegó la entrada al territorio estadounidense, solo por su procedencia somalí. La imagen de la selección de Irán, obligada a concentrarse en Tijuana (México) para reducir al mínimo matemático sus horas en territorio estadounidense, es el síntoma perfecto de esta nueva era: la arbitrariedad de un centro imperial para definir sus enemigos de la arena periférica, haciendo caso omiso del espíritu deportivo. No tenemos a un anfitrión interesado en dar una buena imagen y un trato cálido, sino uno que prefiere que se le siga viendo como un policía, del mundo o de su propio país. Ya eso no importa.
La imagen de la selección de Irán, obligada a concentrarse en Tijuana (México) para reducir al mínimo matemático sus horas en territorio estadounidense, es el síntoma perfecto de esta nueva era: la arbitrariedad de un centro imperial para definir sus enemigos de la arena periférica.
En el terreno propiamente comercial, al legalizarse el mercado de la reventa, la FIFA ejecutó un proceso que se ha llamado, desde la sociología del deporte, "gentrificación de las gradas", ya que se expulsa, de facto, al hincha tradicional para sustituirlo por el consumidor corporativo de alta gama. El espacio público del estadio se privatiza no solo en su propiedad, sino en su composición social. Esto es algo que viene sucediendo, pero en este mundial ha llegado al paroxismo.
La masiva presencia de agencias de control migratorio, como el ICE, en los perímetros de los estadios transforma el espacio festivo en un lugar de paranoia. Las tensiones de los trabajadores del SoFi Stadium en Los Ángeles, quienes tuvieron que sindicarse (y amenazar con huelga) para exigir que la policía migratoria no cruzara las puertas de las instalaciones, revelan que en el Mundial también brotan las resistencias en medio de una lucha meramente social-laboral, ya no geopolítica.
A esto se sumaron las restricciones impuestas por la FIFA para limitar el uso del español —el idioma de México, uno de los países sede— en las conferencias de prensa oficiales, una medida que generó tanta antipatía que tuvieron que dar marcha atrás.
El vecino del norte también apuntó contra México y, a pocos días de comenzar la Copa, lanzó una advertencia de viaje a sus connacionales, incorporando la amenaza de terrorismo a las existentes de delincuencia y secuestro. Según cada región mexicana operan 4 tipos de alerta, una de las cuales expresa "no viajar" y otra, "reconsiderar el viaje".
En pocas palabras, EE.UU. lanzó una especie de veto contra el propio Mundial, que organizó junto a México y Canadá. Así, las barreras ya no son ideológicas, sino financieras y de seguridad nacional.
El diseño de este Mundial permite que todos jueguen, pero el propio sistema decide —a golpe de tarifa, algoritmo fronterizo y patrullaje— quién tiene el derecho de mirar, hablar y existir dentro del gran espectáculo global. Ya no hay boicot entre bloques de países, sino un "autoveto" que busca preservar la imagen de policía malo del 'más fuerte'.


