Un foso lleno de agua en el que pululan cocodrilos hambrientos es una de las imágenes más populares de la cultura pop cuando se habla de castillos medievales, de las guaridas de villanos cinematográficos o de las cárceles más siniestras de algún planeta imaginario. Y, sin embargo, que se sepa, no existe ni un solo registro que atestigüe la existencia de semejantes construcciones en la vida real.
Pero ahora esto podría hacerse realidad: una de las noticias más llamativas del recién comenzado agosto ha sido la acalorada discusión en torno a la construcción de un foso de ese tipo alrededor de la mayor prisión de Israel.
A grandes rasgos, la historia consiste en que la idea, surgida en el Gobierno, de emplear reptiles para custodiar los centros penitenciarios fue apoyada en un principio por el Ministerio de Protección del Medio Ambiente israelí, que autorizó la cría de estos reptiles para la vigilancia de las cárceles.
Sin embargo, después se opuso la Autoridad de la Naturaleza y los Parques, en opinión de cuyos funcionarios los reptiles solo pueden criarse con fines educativos, científicos o divulgativos. Y a continuación intervino en la discusión un tribunal local, que impuso una prohibición temporal al proyecto en respuesta a la demanda de un grupo de defensa de los animales salvajes. Los defensores israelíes de la fauna y la ya mencionada Autoridad de la Naturaleza y los Parques insisten además en que la aparición de un nuevo gran depredador en el ecosistema local puede acarrear consecuencias negativas a largo plazo.
El "largo siglo XX", que al parecer ya toca definitivamente a su fin, fue admirable, aunque solo fuera porque de la política internacional, y de la política en general, se esperaba al menos el cumplimiento verbal de ciertas normas de decoro. En una de las novelas de espionaje de John le Carré, un personaje nada secundario, al reflexionar sobre la hipocresía, sostiene que esta merece respeto, aunque solo sea porque nos acerca un poco a la moral.
Y, en efecto, la persona o el Estado que insiste constante y públicamente en el carácter ético de su conducta se ve obligado, aunque sea poco y de tarde en tarde, a estar a la altura de ello.
En cambio, la renuncia total e incondicional a la pretensión de ser mejor de lo que uno es en realidad jamás ha llevado a nadie a buenas obras.
Da la impresión de que ahora la política mundial y la vida de la humanidad en su conjunto entran en un periodo en el que se esparcen las piedras y no se recogen. Dicho de otro modo, se está acumulando una experiencia de actos y de errores que más adelante podrá transformarse en algo más sabio.
En parte, esto es del todo inevitable por razones objetivas. En primer lugar, la civilización ha alcanzado un nuevo umbral en el conocimiento de sí misma y de su capacidad para dominar la naturaleza. Ello conduce a un desconcierto cuya consecuencia es la agresividad a escala de pueblos y de Estados enteros, sobre todo, en aquellos casos en que no están del todo seguros de la legitimidad de su existencia en su condición actual.
En segundo lugar, ha terminado el periodo de prosperidad económica que inició el viraje hacia el modelo neoliberal a mediados de los años 1970. En estos 50 años, dicho modelo ha logrado agotar sus recursos internos y 'devorar' definitivamente los restos del Estado del bienestar en Occidente.
Y, por último, todo parece indicar que efectivamente está llegando a su fin la época de 500 años de dominación absoluta de Occidente por la fuerza en sus relaciones con el resto de la humanidad.
Esto último es lo más importante, tanto en el contexto de la cuestión de los cocodrilos como en lo relativo al papel de Rusia en los asuntos mundiales. Al fin y al cabo, las particularidades de comportamiento que Israel muestra en los últimos años son consecuencia directa de la reducción de la capacidad de Estados Unidos para determinar el curso de los acontecimientos en Oriente Medio.
Nos guste o no, Israel, pese a sus logros en la economía y en el ámbito militar, no es más que una proyección de los intereses estadounidenses y un producto de la estrategia global de Washington. Y el hecho de que en los últimos años el Estado hebreo ande tan desquiciado es consecuencia de una profunda inseguridad en sus propias fuerzas, en un contexto de disminución de las capacidades estadounidenses.
En cuanto a Rusia, a lo largo de todos estos cinco siglos, ha seguido siendo el único país del mundo que, con una tenacidad y una abnegación colosales, no cedió a la presión por la fuerza de Occidente.
Realmente fue —y sigue siendo— un faro para toda la humanidad que aspira a la libertad. Pero si el mundo cambia de manera tan radical, a Rusia le corresponde comprender cuál será su lugar en los asuntos mundiales.
Este conjunto de causas muy serias hace que los procesos que se desarrollan en el mundo adquieran un carácter en cierto modo revolucionario. Los cambios no atañen solo a cosas tan simples y comprensibles, como la crisis del derecho internacional, el ocaso de organizaciones globales como la ONU o el relativo debilitamiento de Estados Unidos y de Europa, que a casi todos alegra. El radicalismo y la magnitud de lo que ocurre consiste precisamente en que afecta a cuestiones básicas de la vida social.
Ante todo, a aquello que determina la medida de lo admisible. La discusión sobre el foso con cocodrilos es un magnífico ejemplo de la rapidez con que avanzamos por la senda de los cambios revolucionarios: lo que hace apenas unos años era un meme y una imagen propia de la pseudociencia ficción se ha convertido en una idea que se debate en serio y cuya realización parece bastante probable, si se mira todo lo que ocurre desde hace tres años en las relaciones entre Israel y sus vecinos.
Vemos que, en este caso concreto, los experimentos con los límites de lo permitido se llevan a cabo de manera muy muy activa. Y los resultados están a la vista: al parecer, ninguno de los argumentos que esgrimen las partes en litigio incluye la cuestión del carácter ético de semejante método de vigilancia de las cárceles como tal. Tampoco se oyen aún gritos de indignación por parte de los europeos observadores de los derechos humanos en el mundo entero.
No hay duda de que Israel es una sociedad que se halla en un estado de permanente tensión emocional, que vive en el calor y al margen de la civilización humanista rusa o europea. Más aún, una sociedad que tiene su propia experiencia, profundamente trágica, de trato con Europa y su hipocresía.
Sin embargo, sería un tanto frívolo achacar la magnitud del problema a las particularidades de un Estado concreto. En primer lugar, vemos cómo reacciona la opinión pública occidental ante los experimentos con los límites de lo permitido que se realizan en las vecinas tierras ucranianas. Y en segundo lugar, multitud de medidas políticas en Europa y Estados Unidos son también ejemplos elocuentes de 'la filosofía del gran cocodrilo': desde la construcción de campamentos para migrantes en Turquía o Marruecos hasta la erección por parte de Trump de muros en la frontera con México, como si fuera contra una invasión de vampiros de una película de terror.
Como resultado de todo lo que está ocurriendo, la medida de lo admisible deja de ser una categoría universal y vuelve a ser puramente nacional. El experimento de intentar crear una moral y un derecho universales quedó frustrado por los esfuerzos precisamente de aquellos que antes trataban de promoverlo en su propio interés egoísta.
Y durante algún tiempo, en los asuntos mundiales cada Estado actuará conforme exclusivamente a sus propias ideas sobre lo que se puede y lo que no.
En el futuro, crearemos sin falta un nuevo derecho y nuevas normas universales de conducta, que habrá que cumplir aunque solo sea por la necesidad de causar buena impresión. Pero ahora la elección es bastante dura, porque defender los propios intereses dentro de los límites de lo permitido es mucho más difícil que hacerlo olvidando que estos existen.
Justo ahí discurre la frontera entre la lógica humana y la lógica de los cocodrilos. Aunque los reptiles en sí mismos, desde luego, no tienen culpa de nada. Al fin y al cabo, no son personas.
Por Timoféi Bordachiov, director de programa del Club de Debate Internacional Valdái