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Cómo China asfixia sigilosamente a la industria automovilística europea
El dominio tecnológico de Pekín y el encarecimiento de la energía amenazan con desplazar a Europa de la economía global.
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La industria automovilística europea atraviesa una de las etapas más difíciles de su historia. Los grandes fabricantes del continente están perdiendo posiciones frente a sus competidores chinos, especialmente en el mercado de los vehículos eléctricos. La combinación de un desarrollo tecnológico más lento, mayores costes de producción y una energía más cara está debilitando la competitividad de Europa.

¿Qué está pasando con la industria automovilística europea?

La crisis ya tiene consecuencias directas para el empleo y la producción. Los principales fabricantes europeos están anunciando despidos, cierres o reconversiones de fábricas y trasladando parte de su producción a países donde los costes son menores. Volkswagen, Mercedes-Benz, BMW y numerosos proveedores están reduciendo sus plantillas y revisando sus inversiones.

El proceso afecta no solo a las grandes marcas, sino también a toda la cadena industrial que depende del automóvil. Por ejemplo, el fabricante alemán de componentes ZF Friedrichshafen prevé eliminar hasta 14.000 puestos de trabajo en Alemania antes de 2028 en el marco de un programa destinado a reducir costos en 6.000 millones de euros. 

Alemania ofrece un ejemplo especialmente revelador. Entre 2015 y 2025, la producción de automóviles en el país se redujo aproximadamente un 27,3 %. Al mismo tiempo, las exportaciones de automóviles alemanes disminuyeron alrededor de un 28 % en comparación con 2016. La situación resulta especialmente preocupante porque China, durante décadas uno de los principales mercados para las marcas alemanas, se está convirtiendo ahora en uno de sus principales competidores.

Causas de la crisis

La primera razón es tecnológica. China se ha convertido en el principal centro mundial de fabricación de vehículos eléctricos. En 2025 concentró casi el 75 % de la producción mundial, con unos 16,5 millones de unidades, mientras que sus exportaciones de coches eléctricos superaron los 2,5 millones. Los fabricantes chinos dominan además buena parte de la cadena de baterías y componentes, lo que les permite lanzar modelos con mayor rapidez (unos 18 meses) y reducir costes. 

El segundo problema es la competencia de precios. Los fabricantes europeos soportan unos costos energéticos significativamente superiores a los de muchos de sus competidores asiáticos. El abandono de buena parte de los suministros energéticos rusos ha obligado a Europa a depender más de los mercados internacionales. El paso a una formación de precios del gas vinculada a los mercados bursátiles ha aumentado la exposición de la industria a las fluctuaciones.

La situación se ha complicado todavía más por las interrupciones de las rutas de suministro procedentes de Oriente Medio, relacionadas con los bloqueos y las tensiones en torno al canal de Suez y el estrecho de Ormuz. Como consecuencia, las empresas europeas producen con unos costes mucho más elevados que sus competidores chinos, que además cuentan con una cadena de suministro de baterías y componentes mucho más desarrollada.

Por tanto, la crisis del automóvil europeo no es simplemente una caída temporal de la demanda. Se trata de un cambio estructural en la industria mundial.

Europa está perdiendo simultáneamente su ventaja tecnológica y su ventaja en costes, mientras que China está pasando de ser el principal mercado para las marcas europeas a convertirse en uno de sus competidores más serios.